Y allí estaba ese señor, subiendo por aquel entramado de
rocas, como yo, en medio de aquella confusa niebla, como yo, soportando aquel
viento frío e incómodo, como yo, a la luz del frontal, en aquella madrugada de
perros, como yo....
La diferencia era que aquel señor, como mínimo, doblaba con
creces mi edad, y tenía más pinta de ir a jugar la partidita al hogar del
pensionista, que de seguirme los pasos hacia la cumbre de La Maroma.
Fue en el 2006. Aquella Travesía de la Sierra de Tejeda y
Almijara, era para mí, parte de los entrenamientos para mi participación en el
Ultra Trail du Mont Blanc de aquel año.
El final de la Travesía, al ser el centenario del club
organizador, consistió en una carrera de unos 10 kilómetros, con salida en una
zona situada entre montañas, y meta en un pueblo llamado Frigiliana.
La ausencia de marcas en el recorrido, y una explicación
bastante dudosa sobre la dirección correcta en los diferentes cruces de
caminos, acabó con varios grupos desorientados y desperdigados por la sierra.
Tras varias discusiones sobre la dirección correcta, y de
correr sobre nuestros pasos una y otra vez, dimos con una furgoneta de la
organización, y con el hijo de aquel señor mayor que, en su empeño de llegar al
pueblo por nuestros propios medios, pidió a los ocupantes del vehículo que le indicaran
sobre un mapa de la zona, la ruta a seguir.
Así que, en vez de tirar la toalla y llegar en aquella furgoneta
al pueblo, pusimos nuestra fe ciega en aquel desconocido, y lo seguimos a la
carrera por un estrecho sendero, que acabó llevándonos hasta las afueras del
pueblo.
Aquel fue mi primer encuentro con los Pacos, Francisco
Contreras padre e hijo.
Como el mundo es un pañuelo, y nosotros somos mocos
destinados a coincidir sobre su tela, mi segundo encuentro con Paco Contreras
hijo fue en agosto de ese mismo año, en Chamonix.
Yo iba hacia el apartamento que teníamos alquilado en el
centro de la localidad alpina, con motivo de nuestra participación en el Ultra
Trail du Mont Blanc, y reconocí a Paco, que estaba a punto de entrar en una
farmacia con una enorme mochila. Me paré a saludarlo, y me contó que andaba de
ruta por Los Alpes en solitario, y que quería comprar apósitos para curarse una
herida. Así que lo invité a que subiera al apartamento a tomar algo y saludar a
varios amigos suyos con los que yo compartía aventura.
Meses más tarde, ya en el año 2007, volvimos a coincidir en
la Sierra de las Nieves. Habíamos quedado para hacer una circular, uniendo
varias cimas. El grupo estaba formado por los miembros de la expedición al UTMB
de 2006, y algunos agregados que vendrían a esa misma competición en ese año
2007........y entre ellos estaban Paco Contreras hijo.....y el padre !!!
Lo primero que pensé fue ¿pero este señor pretende participar
en la carrera de las carreras, con sus 167 kilómetros y 9500 metros de desnivel
positivo acumulado?........¡¡¡ los dioses deben estar locos !!! (...y este señor también)
El grupo se puso en marcha, a buen ritmo, y pronto se fue
estirando, tanto que alguno de los presentes decidió regresar al punto de
partida, donde habíamos aparcado los vehículos, para no pasar un largo día de agobios y fatigas intentando
aguantar el ritmo del grupo.
Pero, para mi sorpresa, y seguro que la de alguno más, Paco
padre no cedía ni un metro.
Tras varias horas, acumulando cimas y desniveles, recuerdo
que avisé de que iba a parar unos segundos a sacar una piedra de una de mis
zapatillas. Paco, que cerraba el grupo, se ofreció a esperarme, pero como el
sendero era de bajada, y se corría bien por el, le dije que no hacía falta que
me esperara, que lo alcanzaría en un par de minutos........o eso pensaba
yo.....
Así que saqué la china de la zapatilla, até los cordones, y
salí lanzado monte abajo, tratando de localizar al señor Paco en la
distancia.....pero nada...
Apreté aún más el ritmo, pero ni lograba verlo, ni por
supuesto alcanzarlo. ¿Como puede ir tan rápido este jodido anciano?
Llegué a pensar que se había extraviado, o que era yo el que
me había saltado algún desvío, pero ni la una, ni la otra.
Cuando ya estaba rozando la desesperación, y el sendero pasó
de pendiente a llano, conseguí por fin ver la figura del buen señor, entre la
arboleda que esquivaba el serpenteante sendero.
Llegué hasta su altura, y no dije ni “mú”, pero por dentro
pensaba en la cura de humildad que me acababa de dar ese hombre, y aprendí a no
juzgar a ningún corredor ni por su edad, ni por su apariencia.
Después de aquel día volvimos a coincidir en multitud de
ocasiones, ya fueran entrenamientos en grupo,
viajes para participar en ultramaratones, o incluso correr juntos 100
millas, de salida a meta, como en Última Frontera 160.
Correr junto a Paco y su hijo esas 100 millas fue una
experiencia inolvidable, pero más allá de la vivencia, ver a un señor de su
edad, doblegar esos 160 kilómetros ,en 28 horas , me puso la piel de gallina, y
dejó boquiabiertos a todos los presentes en meta.
Días más tarde, relaté aquella experiencia por escrito, y
describí a Super Paco de la siguiente manera:
“Paco es un señor de 73 años, bajito y delgado, muy poca
cosa, al menos físicamente. Su aspecto es el de un abuelete campechano, algo
encorvado, como si la tierra tirara de él. Pantalón largo de campo, camisa a
rayas, sombrero de paja, o gorra de tela con publicidad de algún taller
mecánico o supermercado de pueblo, vara de madera tallada a mano y zapatos de
trekking. Verlo en la línea de salida de un ultramaratón por primera vez,
provoca cuando menos sorpresa, alguna que otra risa, o miradas de compasión. Pero,
cuando suena el disparo que indica el comienzo de la aventura, ver a Paco salir
disparado ya empieza a mosquear a los más engreídos. La gente que ya lo conoce
no deja de saludarlo, todos quieren una foto con él, y los demás piensan
"pobre señor, no sabe dónde se ha metido, acabará en el hospital".
Paco avanza a ritmo constante, se bebe las cuestas, y se lanza en las bajadas,
manteniendo un trote liviano en los tramos más llanos, sin prisas, pero sin
pausas. Y cuando algunos ya se tambalean por los caminos, boqueando en busca de
aire como una carpa en el río, cuando empiezan a pensar en lo duros que son por
aguantar tal tortura, aparece nuestro Paco, galopando alegremente, como una
visión fantasmal, adelanta al personal, y los deja tan planchados, que la cura
de humildad escuece como la sal en una llaga sangrante.”
Correr con Paco te hace poner los pies en la tierra. En su
mochila no hay geles ni barritas, solo pasas, orejones, pan y queso. Su
protección contra el agua no es un tejido de fibra Gore-Tex, más bien se trata
de un chubasquero de tres euros, o un improvisado saco de patatas amarrado al
cuerpo con una cuerda de pita. Su camisa de cuadros no lleva Elastan, ni
transpiración extra debido al Cool-Max, tan solo una hilera de botones, de los
de toda la vida.
No se graba en la GoPro, ni lleva reloj, ni MP3, ni GPS, ni
bastones de fibra de carbono, ni medias de compresión….ni falta que le hacen.
Su palo de madera es de un solo tramo, tallado a mano, y
cuando viajas con él en avión, lo veras facturarlo, y te tocará esperar a que
aparezca en la cinta transportadora, al llegar a tu destino.
Allí estaba ese señor, en aquella subida, en aquella
madrugada de perros, y aquí sigue, casi diez años más tarde, doblándome la
edad, y obligándome, una y otra vez, a quitarme el sombrero ante él.
El libro biográfico dedicado a su figura se titula Superpaco. Kilómetros de vida. Fue publicado en 24 de abril de 2016 por la editorial Formación Alcalá y cuenta con la autoría y el testimonio directo del propio Don Francisco Contreras Padilla.
La historia que acabáis de leer, corresponde a uno de los capítulos de su libro, que tuve el honor de escribir.
Dejo un par de enlaces para quien esté interesado en comprar el libro:
Allá donde estés Paco, no dejes de hacer eso que tanto te ha gustado siempre, CORRER.
Jamás te olvidaremos.







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