lunes, 28 de noviembre de 2011

Partida de Poker contra el diablo.



Hoy he querido rescatar la genial crónica, escrita por mi amigo Mark Woolley, sobre su experiencia en la Badwater 135 del año 2010. Seguro que va a encantar a los que no la hayan leido, y a los que ya la leyeron en su día, es algo para volver a leer de vez en cuando.

Badwater 2010 por Mark Steven Woolley

En Badwater te dan una estaca de madera con tu número de dorsal marcado en ella, afilada y puntiaguda en uno de los extremos. El propósito de dicha estaca, según la organización, es para marcar el punto en el que te has quedado en la carrera por si necesitas atención médica y tienes que abandonar temporalmente. Cuando te hayas recuperado, regresas a la estaca y continúas tu curso. Sin embargo, según los atletas, el verdadero propósito de esta estaca es para clavártela en el corazón; por si mueres en el desierto, para que tu alma se quede libre y no se quede en el infierno de Death Valley (El Valle de la Muerte).

El Badwater ultra maratón de 135 millas (217 kms) de una sola etapa está considerada como la carrera de a pie más dura del mundo. La propia organización lo promociona como tal y nadie se atreve a discutirles eso. Empieza en el punto más bajo del hemisferio oeste, a 85 metros por debajo del nivel del mar, en un lugar conocido como Badwater (aguas malas) en Death Valley, California; y termina en los portales del camino que conduce hasta la cima de Mount Witney, el pico más alto de los Estados Unidos bajos. La dificultad de la carrera radica en las altísimas temperaturas que se experimentan aquí. Solo en el desierto de Libia en el Sahara han registrado temperaturas más altas. Death Valley es un lugar rodeado por altas montañas y esas mismas actúan como paredes gigantes que no dejan que el caluroso aire se escape, sino que forman unas corrientes de convección enormes que simplemente recirculan el aire, otra y otra vez, calentándolo hasta alcanzar temperaturas de 55ºC. El propio suelo, no solo calentado por el calor del aire sino también por los rayos del sol, suele alcanzar los 90ºC y el micro clima sobre el asfalto de la carretera se sitúa entre esas dos temperaturas. A veces pájaros caen aleatoriamente del cielo como piedras, muertos antes de pegar el suelo, sorprendido por uno de los corrientes de aire caliente que desprende del suelo del desierto. Los pobres pájaros se secan tan rápidamente que mueren mientras vuelan. No es exactamente un lugar que favorezca la vida, y menos aún, una carrera de a pie.




Es una carrera muy selectiva y para participar tienes que estar “invitado” por la organización. Como mínimo te exigen al menos 2 carreras de 100 millas acabadas, pero la realidad es que eso no es para nada suficiente, ya que son muchos los ultra corredores que quieren participar en esta prestigiosa carrera y la competencia que hay para conseguir un sitio significa que hay que tener un currículum deportivo muy extenso en cuanto a carreras de ultra distancia para que te consideren apto. Afortunadamente el año pasado acabé el Spartathlon en Grecia, de 246 kms, y eso por fin me acreditó suficiente para presentarme y ser seleccionado. Antes de formalizar la selección la organización te obliga a firmar un documento:

Estaré suficientemente entrenado, preparado y médicamente en forma para competir en este evento. Comprendo que las condiciones extremas de esta carrera, incluyendo pero no limitado a temperaturas en exceso de 130 ºF (55ºC), viento, polvo, altitud y temperaturas superficiales en exceso de 180ºF (90ºC) hace que el riesgo de deshidratación, males de altura, daño significativo a la piel, ampollas, agotamiento debido al calor, golpes de calor, accidentes de tráfico, fallo renal, daño cerebral y la muerte son posibles.

Y lo firmé sin pensarlo ni un micro segundo.

Pero esta carrera no se trata solamente del corredor. Para cruzar Death Valley tienes que tener un equipo de apoyo. En cualquier otra carrera, el equipo de apoyo marca la diferencia entre una carrera mas o menos exitosa, pero aquí en Death Valley, tu propia vida depende totalmente de ellos; sin ellos mueres.

Tuve la gran suerte de conocer dos mexicanos completamente locos en Spartathlon. Ambos son corredores de elite de ultra-fondo y ambos son grandes seres humanos que ahora están entre mis más íntimos amigos. Vicente Vertiz es artista, es el plus marquista de México en los 100 kms y es nada más que un torbellino de intensa energía positiva e alegre, imparable y sin fin. Es un alma libre que busca su expresión a través de sus pinturas y sus carreras de ultra-fondo y esta claro que vive su vida según sus propias reglas. Luis Guerrero es el gerente de una tienda deportiva, gana la gran mayoría de las carreras que hace y tiene una carrera como atleta excepcional, destacando con su 2º lugar en el American Gran Slam de las 100 millas en 2002. Luis es muy disciplinado, organizado y muy enfocado con sus tareas sin perder su humanidad o sentido de humor. Cuando estuvimos compartiendo cervezas después de Spartathlon el año pasado, mencioné que me gustaría correr Badwater y no me dieron tiempo a terminar la frase cuando ambos, Vicente y Luis, dijeron que si me seleccionaban ellos formarían parte del equipo de apoyo.

Junto con Vicente y Luis, Laura mi hija de 15 año también unió al equipo. Laura es muy dulce y simpática; a pesar de solo tener 15 años es muy madura, responsable, enfocada y con una energía adolescente que le da para superar cualquier obstáculo. Es más, me dijo que si me iba a los Estados Unidos, ella vendría también y sobre eso no hubo discusión. Soy un padre tremendamente orgulloso y afortunado de tener una hija así, pero ni yo me podía imaginar a lo que le iba a someter en Death Valley - No es normal hacer esas cosas.

El 4º miembro del equipo era Francisco García, mexicano de origen, viviendo en Los Ángeles y trabajando para el servicio de Correos. Le conocí por el foro de Badwater y los equipos de apoyo. Queríamos una cuarta persona para mayor seguridad y me puse en contacto con Fran por e-mail. Es un gran, gran tipo, siempre muy alegre, muy servicial, con una energía inagotable y con una sonrisa que parece que nunca desparece. Es maratonista, pero después de Badwater, ¡Sospecho que se va a meter en eso de los ‘ultras’! Lo veía en sus ojos, esa chispa de locura que solo los que la poseen pueden reconocer.

Como he dicho antes, soy una persona altamente afortunada de conocer y tener a esta gente tan apañada en el equipo de apoyo, y con el sentido de humor mexicano se denominó al equipo como “Team Cabrón”; cuando llegamos a Death Valley lo pintaron por todo el coche al lado de mi nombre y número de dorsal. Badwater es un evento por equipos, el corredor solo pone las piernas. Si el corredor logra cruzar meta, es por el trabajo del equipo; el corredor solo forma una parte de ello, una sola pieza de la maquinaria que denomina un equipo. Si falla el corredor falla el equipo y viceversa.





La carrera de Badwater tiene 3 salidas. Una a las 6 de la mañana, otra a las 8 y la tercera a las 10. Los más lentos empiezan en la ola de las 6, los intermedios a las 8 y los más rápidos a las10. La idea es que todo el mundo llegué a The Oven –el horno- al mismo tiempo. Yo formé parte de la ola de las 8 de la mañana, junto con el resto del Team Cabrón, el 12 de Julio de 2010. Nos encontramos a 85 metros por debajo del nivel del mar en el lago seco de Badwater, preparados para comenzar la batalla y para enfrentarnos al destino con el diablo en su propio campo de juego. La carretera aún estaba sumida en la sombra de la montaña, pero las temperaturas ya estaban a 38ºC. Posamos para un par de fotos y los distintos medios de comunicación nos grabaron para sus reportajes. En los EEUU, Badwater es un evento deportivo muy importante con considerable cobertura en los medios. Diez segundos antes de las 8 en punto, hicimos una cuenta atrás y la carrera dio comienzo, dándole la espalda a aquel maravilloso lugar formado por los brillantes cristales blancos de sal.

Correr por Death Valley es toda una experiencia. El desierto canta con su voz de sirena y desde que las primeras personas llegaron a explorar el valle en los años 1700 ha atraído a exploradores y pioneros, seducidos por su increíble belleza solo para traicionarles y reclamar sus vidas por haber sido tan atrevidas. Death Valley se nombra así porque muchas personas han perdido sus vidas aquí. Y este corredor de Badwater, también seducido por la voz de una sirena empezó su viaje por el Valle de la muerte lleno de ilusión de tener la prueba más importante y exitosa de su carrera atlética y cuando empezamos a correr, la idea de la muerte estaba muy, muy lejos de cualquier pensamiento que rodeaba mi mente.

Correr bajo esas condiciones significa que el ritmo es bastante lento y eso te permite charlar con los demás. Es curioso, los otras atletas no son rivales, al menos entre la gente con quien estaba corriendo el único rival era el desierto en sí y la camardería y el buen rollo entre todo el mundo me hace recordar porqué somos seres humanos. A lo mejor es porque todos somos almas parecidas o a lo mejor es simplemente porque tuvimos un rival en común. Hablé con todo el mundo, inicialmente con un Americano llamado Chris que ha terminado esta magnifica carrera 8 veces y en menos de 48 horas, lo cual significa que tenia 8 de las prestigiosas hebillas en su posesión. Chris era muy simpático y no paraba de darme consejos de cómo manejar la carrera, todo con su acento fuerte americano y en la manera que solo pueden hablar los yanquis. Me encantaba.





Luego paso un largo rato corriendo con James Adams del Reino Unido. 3 semanas antes James, junto con Tim Welch y yo pasamos 4 días entrenando juntos en el sur de España cerca de mi casa. James tiene un actitud hacia la vida que no he visto en muchas personas y ha elegido el mundo de ultra fondo para expresarse. A el no le interesaba los logros, las medallas, la fama o cualquier sentimiento superficial así relacionado. Lo que a el le interesaba era correr y correr al limite de lo que el era capaz. Le conocí en Spartathlon el año pasado y hacer Badwater era su sueño desde hace muchos años y todo su camino como ultra corredor hasta ahora estaba enfocado en que algún día, iba a emprender este viaje por el infierno de Death valley. Compartí el sueño con James y ahora vivimos parte del mismo juntos.

Pero correr bajo condiciones tan difíciles significa que cada dos kilómetros aproximadamente el equipo de apoyo tiene que mojarte con agua helada y atenderte. Ya no había sombra y las temperaturas rápidamente han alcanzado los 44ºC y ni hemos llegado a las 10 de la mañana. Mi hija Laura tenía el spray y me echaban agua helada encima mientras Vicente y Fran me pasaban botellas de agua fresca con sal añadida. Fran trabajaba en preparar las cosas y Vicente se ocupó de preguntarme lo que me hacía falta. Para la sal uso un producto que se llama Elite Water. Lo prefiero con diferencia a las pastillas de sal ya que siempre estas tomando sal con el agua que estás bebiendo. Después de un tiempo corriendo la carrera se asentó, y solo tuve contacto con los corredores que iban a la misma velocidad que yo, junto con sus equipos de apoyo, ¡y todos se cuidaban de mojar a todos los corredores! Estaba bebiendo una cantidad de líquido increíble: unos dos litros y medio por hora.

En las entrañas de la profundidad del valle, entre los vastos llanos de arena amarilla y las montañas multicolores completamente despejadas de vegetación parece que no crece absolutamente nada, pero hay vida. En el agua salada hay pequeños moluscos adaptados a las condiciones y hay plantas. No son muy abundantes pero arañan la vida en un lugar tan inhóspito. Parece que hay zonas que tienen un poco más de humedad que otros lugares y aquí crece una especia de arbusto bajo y con hojas pequeñas. Hay varias fuentes alimentadas por aguas subterráneas y así surgen los oasis que han sido convertidos en centros turísticas. También, y aunque parezca mentira, hay un sinfín de pequeños animales altamente adaptados al desierto, además de animales más grandes como los gatos salvajes de las montañas. Los animales que nos tenían más preocupados eran los escorpiones y las serpientes, que con un mordisco podrían poner fin a tu carrera.






Los primeros 80 kilometros de la carrera se desarrollaron bien, pero el calor es muy fuerte. Unos 50ºC. Pasamos Furnace Creek en unas 3 horas y entre aquí y Stovepipe Wells pasé a Tim Welch, otro amigo con quien he estado entrenando previamente. Tim ha perdido 20 kilos para estar aquí y aunque no es el corredor más rápido del planeta es muy fuerte y tiene un afán de superación increíble. La BBC estaba obsesionada con él ya que estaba también intentando recaudar fondos para la investigación en la diabetes. Su hija de 7 años padece de esta enfermedad.

Vicente también tenía el sueño de correr por Death Valley y estaba aprovechando el momento y corriendo tramos conmigo, teniendo cuidado de no pasarse ya que sabía que iba a necesitar sus cuidados más adelante. Me encantaba su alegre compañía.

En Stovepipe Wells paramos media hora para refrescarnos en la piscina y antes de seguir corriendo me pesé. 65 kgs. Perfecto. Pero algo no iba bien, a pesar de estar en mi peso ideal y por tanto debo de haber tenido el estado de hidratación ideal tenía el estomago muy hinchado, con una sensación de malestar que me resulta difícil de explicar. Tenía como un nudo en el estomago que no dejaba pasar el liquido al cuerpo. No le hice mucho caso y seguí, después de todo el peso era correcto. Pero mirando hacia atrás se queda claro que mi sistema digestivo ha tomado una parada. Después de 10 horas, procesando unos dos litros y media de liquido por hora ha dicho basta, y se cerró el estomago y no dejaba pasar el precioso liquido a mi cuerpo y empezaba la cuenta atrás con mi cita con el diábolo.

Al salir de Stovepipe Wells la carrera sigue una cuesta con un desnivel de 1500M hasta Towns Pass y a pesar de no tener una pendiente muy pronunciada me ví obligado a caminar. De frente tenia una de esas famosas corrientes de convección de Death Valley. El viento soplaba a unos 30 a 40 kms por hora y para colmo, directamente a la cara; pero en realidad ese no era el problema. El problema de verdad eran los 47ºC y a pesar de que el sol ya ha bajado el calor seguía tan fuerte como antes y con un efecto secador bestial. Caminaba cada vez más lento y empezaba a tener dificultad con mi equilibrio. Cuando llego al coche de apoyo pedí la silla y me senté. Al rato salí otra vez y el coche de apoyo se avanzó otros dos kilómetros a la espera de que llegase. Me encontraba muy mareado, tanto que de repente tenía que sentarme y en seguida tumbarme en el suelo seco y abrasador del desierto. El mareo seguía y no tenía más remedio que vaciar el contenido de mi estomago en un acto totalmente involuntario y sin control. Ahora varias personas estaban encima de mí, muy preocupadas e intentaban cuidarme en la medida posible. Era el equipo de apoyo de Dave Corfman formado por Kyle Fahrenkamp, Gail Lance, Dan Corfman (el hermano gemelo de Dave) y Phil Rosenstein. Pasaba el coche médico y pidieron asistencia. Los médicos (Jeff y Kim) llegaron en seguida mientras los otros buscaban mi equipo de apoyo. Parece que llegaron en nada pero aparentemente tardaron un tiempo en encontrarles. Creo que perdí el conocimiento. Los médicos dejaron instrucciones de que descansara algo y que bebiera muchos líquidos y de que si seguian los problemas habría que ir al hospital. Me tumbé en el coche e intenté beber. Después de media hora decidí intentarlo de nuevo.





Vicente estaba muy preocupado y decidió acompañarme ya que no andaba nada bien. El coche de apoyo me esperaba a un solo kilometro como medida de seguridad. Era las 12 de la noche y aun marcaba 47ºC. ¡La temperatura no ha bajado absolutamente nada! Andaba borracho y muy, muy lento. Cuando llegó al coche me sente en la silla y me caí mareado otra vez al suelo, esta vez sin poder controlar la caída. Enseguída vomité de nuevo y me quede tumbado en el suelo del desierto en un charco de mi propio vomito completamente incapaz de moverme. Estaba totalmente fuera de juego. Miraba a Luis y por un instante no dijo nada, pero veía en sus ojos todo lo que quería decir. No hacía falta decir nada. “Estas jodido chico” dijeron sus ojos. Luis sacó la estaca y por un momento me imaginé que me la iba a clavar en el corazón, cuando lo clavó con un golpe seco en el suelo donde había caído. “Vamos al hospital Mark. Estás mal” dijo. Internamente estaba muy cabreado a la injusticia de todo esto y la brutalidad del desierto pero no tenía ni fuerzas para protestar.

En el hospital de campo en Stovepipe Wells me chequearon y me pesaron. Todo era correcto menos una pérdida de 5 kilos de peso y los síntomas evidentes de no poder mantenerme a pie, constantes mareos y la incapacidad de enfocar mis ojos. Estaba altamente deshidratado y me obligaron a una parada hasta que hubiera recuperado al menos 3 kilos del peso perdido. Luis empezaba a darme vasos de isotónica como un padre con un niño chico, obligándome a beber. A pesar de mis protestas de que iba a vomitar de nuevo, el precioso líquido, lleno de sales quedo dentro de mí y mi cuerpo empezaba a absorberlo. Poco a poco, muy poco a poco, recuperé el peso y me encontraba algo mejor. Empezaba a pensar que no todo estaba perdido y que esa carrera aun no había terminado.

Después de 3 horas hidratándome llegó Jack Deness, un corredor del Reino Unido de 75 años, una leyenda viviente y todo un personaje. Ese era su 12º Badwater y ya tenía el record de la persona más mayor de haberlo terminado con 70 años. Jack también estaba malo y se tumbó en otra de las camas. Pasó otra media hora y por fin convencí a Luis de que tenía que regresar a la carrera. La barrera de tiempo estaba muy cerca de cerrar y no quería quedarme fuera de ella. Di la mano a Jack, le deseé todo la suerte del mundo y le dije que nos veríamos en la meta. Absolutamente nada de rendirse. Muchas veces en un ultra maratón no se trata de cómo corres, o a qué velocidad, ni de cuánto corres, sino cuantas veces eres capaz de levantarte del suelo.

Al salir del hospital hablé con Laura, mi hija. Estaba asustada y estaba pasando su propio bajón. Solo tiene 15 años y acaba de ver como toda la furia del desierto ha arrojado su padre al suelo en un acto clínico, brutal y sin piedad. Ella también ha pasado todo el día en los 50ºC y eso estaba pasándole factura a ella también, a pesar de no haber corrido. Le dije que descansara y que durmiera en el coche. Mañana por la mañana reevaluaríamos la situación, y sobre todo que no se preocupase por mí. Estaba con 3 hombres súper competentes y que le iban a cuidar, pero su miedo no era por ella, estaba enfocado en mi.

Cuando regresamos a la estaca empecé a caminar, otra vez con Vicente, el magnífico Vicente que se dedicó a cuidarme en la carrera durante el resto de la noche, siempre a mi lado, siempre vigilándome y con Fran dedicándose a preparar las bebidas y la comida. Luis se dedicó a conducir y cuidar a Laura. Únicamente caminamos con el objetivo de acabar dentro del límite de 60 horas. Calculamos que si mantenía una velocidad de 5 kms a la hora podría entrar y acabar. Empecé la carrera con ideas mucho más grandes, de hacer una marca mucho más rápida pero el desierto decidió darme una lección en humildad y ahora solo pensaba en la posibilidad de terminar. Había que terminar, sí señor, eso era el nuevo objetivo: terminar.


Pero a medida que iba subiendo Towns Pass refrescó y afortunadamente me sentí mucho mejor y hasta mi apetito volvió. Comí un poco y a medida que desarrollaba las últimas horas de la noche, empecé a sentirme cada vez más fuerte. Llegamos a Towns Pass, a 1500M por encima del mar, justo antes del amanecer. Solté el freno y empecé a correr cuesta abajo, aprovechando la inclinación. Sobre esta hora Laura también me dijo que se sentía mucho mejor y que también ha pasado su bache de la noche. Vicente subió al coche otra vez, satisfecho de que he pasado lo peor y me dejaba correr por libre. Y que libre me sentí. El aire fresco de la mañana me dio nueva vida y combinado con la comida, que ahora estaba comiendo, la velocidad a la que corría era más que decente y ya empezaba a alcanzar y pasar a otros corredores. El animal corredor que llevo dentro, que llevo dentro de mí, producto de mis antepasados ancestrales estaba despertando de su profundo sueño. El animal que me abandonó en la noche ,cuando el desierto me arrojó al suelo, ha vuelto por fin. No estaba todavía despierto del todo pero sentí su potente y salvaje presencia, estaba allí y aunque no lo sabía en ese momento me iba a acompañar durante el resto de la carrera.

En poco tiempo estaba corriendo al lado de Brendan Mason, de Australia. Brendan me dijo que su próxima reto era cruzar el canal del mar entre Inglaterra y Francia nadando. ¡Qué alegría estar entre otros locos! Comentamos que nos interesa pasar el siguiente valle antes de que se levantara el sol porque al otro lado del valle nos esperaba otra cuesta como Towns Pass. Tuvimos en mente los 50ºC grados de ayer y no nos apetecía tener que subir otra cuesta con tanto calor. En poco tiempo me despedí de Brendan y corrí hasta llegar al siguiente control de Panamint Springs. El cierre de control en Panamint Springs era de 30 horas y llegué en 24:22, unas 5 horas y media dentro del límite. El equipo de apoyo insistió en que descansara, que durmiese un poco, pero me limité a comer algo y arreglar los pies. Pero no les convencí de que me había recuperado definitivamente de mi bache de la noche anterior y que me sentía fuerte. Veía en sus ojos que no estaban convencidos y que seguían muy preocupados por mí. Eso no es de extrañar ya que ver una persona tumbada en el suelo en el charco de su propio vómito dos veces seguidas da lugar a preocuparse. Pero lo que no sabían, porque yo era la única persona en todo el desierto que lo sabía, era que el ancestral animal corredor estaba ya a mi lado y estaba a punto de liberarse. No les dí más oportunidad de discutir y empezé la marcha cuesta arriba hasta Father Crowly point y ellos no tenían más remedio que seguir conmigo.



Pero el calor del día anterior no llegó. Subiendo la cuesta la temperatura no estaba tan mal como me había imaginado y subía con alegría y soltura. No corrí a propósito; solo caminaba a pesar de sentir el potente animal a mi lado, pidiendo que lo soltara, porque me preocupaba la hidratación y no quise volver a caer en la misma trampa que ayer. A veces hay que saber controlar ese animal a pesar de su potencia. Cerca de la cumbre, volví a cruzarme con Brendan. Me pasó cuando mi equipo me obligaba a una parada en Panamint Springs. El me dijo que iba a intentar bajar de las 48 horas y recibir la hebilla prestigiosa, pero yo le dije que solo pensaba en terminar, que anoche pensaba que todo estaba perdido, que con terminar me doy por satisfecho. Su pacer, Greg, decía que debo reevaluar mi meta, pero no me dio tiempo a pensarlo porque el animal a mi lado ya ha tomado la decisión por mí. ¡Vamos a correr y correr fuerte!

Y así fue, la liberación del animal me hizo sentirme completamente libre también y empezaba a correr con una soltura difícil de explicar en los llanos que llegan a Darwin Pass. Cada 2 kilómetros veía el equipo de apoyo con Fran, Vicente, Luis y Laura y parece que ellos mismos se habían dado cuenta de que me había recuperado de verdad. Correr así era una delicia y las temperaturas solo oscilaban entre 35 y 40 ºC, todo un lujo. Sin embargo, no perdí la cabeza y controlaba la velocidad a propósito para no perder más liquido del que estaba poniendo dentro. Ya he visto que mi sistema digestivo no podía manejar 2 litros y medio por hora sin estrellarse y me limité a una velocidad que me permitía mantener hidratado con el paso de un litro por hora. Eso era lo que me parecía prudente.

Al llegar al control del cruce a Darwin, a 90 millas (144 kms) volví a cruzarme con Chris, con quien había compartido una conversación al principio. Intercambiamos unas palabras pero mis piernas no querían frenar y seguía adelante. Después de unos kilómetros empezaba a correr al lado de Joe Judd y su pacer Mandy Miller, dos americanos súper simpáticos que iban más o menos a la velocidad que a mí me parecía cómodo. Charlamos de todo y de nada, simplemente disfrutando el momento en compañía de espíritus libres parecidos. Pero después de un par de horas así, la bestia a mi lado empezó a cantar en su lenguaje ancestral y tenía que correr más. Lone Pine estaba a unos 30 kms de distancia y 21 kms después, a 2500M por encima del mar, cuando se acaba la carretera, estaba la meta. La noche estaba llegando y las temperaturas se empezaban a suavizar, nada del secador del pelo gigante de la noche anterior y me despedí de Joe y Mandy y empezaba a correr como si fuera la única cosa que mi cuerpo sabía hacer. La sensación de correr libremente sin ningún tipo de freno era espeluznante en un entorno tan salvaje como el desierto en que me encontraba y hasta mi propio equipo casi no creía lo que estaban observando. ¿Cómo era posible que ese tío que estaba tumbado en un charco de su propio vomito, que ni pudiera mantenerse de pie la noche anterior y ahora estaba corriendo como una bestia? Si digo la verdad, tampoco lo entiendo pero a veces no hay nada que entender, solo vivir el momento y dejarte ir con esa criatura salvaje que cantaba desde la profundidad del tiempo, que corría a mi lado y que no da explicaciones a nadie.

Ahora, en vez de cada 2 kilómetros el equipo de apoyo estaba esperando a cada 4 porque no les daba tiempo suficiente para organizarse y descansar. Fran era el único que salió del coche, siempre disponible hasta el último momento dándome bebidas frescas en cada momento y con la sonrisa interminable que llevaba. Era un héroe para mí.

Pasé el pueblo de Keeler en un abrir y cerrar de ojos y llegué a Lone Pine 38 horas y 20 minutos después de haber salido, lo cual me dio 21 horas y 40 minutos para los 21 kilómetros de cuesta arriba que me quedaban, o más concretamente 9 horas y 40 minutos para conseguir la hebilla de los sub 48. Claramente estaba a mi alcance.





Vicente tenia ilusión por hacer la ultima media maratón conmigo y los dos nos pusimos a caminar a ritmo alegre cuesta arriba. El animal ancestral a mi lado, después de haberme acompañado todo el día decidió que eso ya era suficiente y se fue. Podría haberle llamado para que regresara cuando quisiera, pero ha hecho su trabajo y le dejé ir. Supongo que regreso al pasado y sé que estará allí la próxima vez que lo necesite. Había partes de la cuesta que eran perfectamente corribles, pero seguimos caminando a paso ligero. Rasgar unos minutos más de la marca no tenía sentido y seguimos en la oscuridad de la noche juntos cuando escuché algo que no he escuchado en mucho, mucho tiempo. Era agua. Al lado nuestro había un río, formado por el deshielo de Mt Whitney y estaba haciendo el dulce ruido de una cascada que levantaba el alma. ¡Qué alegría escuchar agua! El contraste era brutal, desde las profundidades de Death Valley hasta el lado de una montaña donde crecían arboles y donde corría agua. Simplemente increíble. Pero no nos podíamos detener mucho y tuvimos que seguir.

Y seguimos, y seguimos, curva después de curva en una subida que parecía no tener final. Después de cada curva esperamos ver la meta solo para ver otra curva hasta que por fin vimos unas luces y nuestro querido equipo de apoyo. Sacamos las banderas española y británica, nos abrazamos y cruzamos meta todos juntos, todos unidos por un momento en el tiempo que nunca olvidaré en toda mi vida. ¡He acabado el Badwater ultramaratón!

Justamente después de haber acabado, cuando el director de la carrera Chris Kosman estaba colgando las medallas en mi cuello vi a James Adams. James ha acabado la carrera unas 3 horas antes y ha decidido esperar en meta, arropado por unas mantas hasta que todos sus amigos han entrado en meta. Yo era el último. Eso dice mucho de James y simplemente decir aquí que tiene mi respeto como ultratleta, ser humano y amigo. Es todo un caballero. Tim Welch, otro amigo también, termino en unas 44 horas pero como salió 2 horas antes que yo, entró unos 10 minutos antes. Nadie había esperado una recuperación tan fuerte por mi parte (porque no conocen el animal salvaje que me acompaña en estos momentos) y como él estaba reventado se fue a su hotel.




Reflexiones:

Tardamos 42 horas y 36 minutos y 39 segundos. Digo “tardamos” en vez de “tardé” porque no hice eso solo. Badwater es un trabajo en equipo y sin el equipo de apoyo morirías en Death Valley antes de cualquier otra consideración. Por el equipo de apoyo estoy eternamente agradecido. Laura mi hija, Vicente, Luis y Fran. Las palabras no hacen justicia para lo que quiero decir en gratitud a vosotros. Me habéis ayudado en alcanzar uno de los sueños de mi vida: correr la Badwater ultramaratón.

Correr ultra maratones es como vivir la vida. En los momentos más bajos, cuando se pierde toda esperanza hay que seguir. El simple acto de poner un pie adelante del otro significa que te estás moviendo y con el paso del tiempo las circunstancias cambian. Si has seguido, si no te has rendido, si no has abandonado y hundido en tu propia miseria estás en situación de aprovechar las nuevas circunstancias y triunfar. Pero solo puedes triunfar si sigues allí.

A las 59 horas y 15 minutos llegó Jack Deness, el señor de 75 años. En la ceremonia post carrera no tuvo tiempo ni de cambiarse de ropa y cuando entró en la sala, todo el mundo se puso de pie y le aplaudieron. Es mi intención seguir como Jack.

Y por fin, me gustaría compartir con vosotros algo que escuché en Death Valley en respuesta a unos no corredores cuando preguntaron porque lo hacemos. La respuesta era algo así: “Cuando ves una persona bailando pero no escuchas la música, te parece incomprensible esa persona, incluso te puede parecer completamente loca con tantos movimientos tan raros. Solo cuando escuchas la música puedes entender a la persona que baila”. Para entender a un ultramaratonista solo hay que escuchar la música.



Cronica de Laura Woolley Dominguez. Equipo de apoyo e hija de Mark Steven Woolley.

Sabía que mi padre estaba loco, que le faltaban un par de tuercas allí arriba… pero después de Badwater he llegado a la conclusión de que le hace falta visitar un médico o algún psiquiatra… quizás deberían ir haciéndole espacio en el manicomio. Y es que sí, hay que estar verdaderamente loco (o borracho hasta las trancas) para enviar una solicitud a Badwater.
Es una carrera que te lleva al extremo, un juego contra el diablo en un horno abrasante. Tal es el nivel de calor que consumir 2 litros de agua a la hora no es algo raro; no se puede sobrevivir en esas condiciones solo. El corredor depende enteramente del equipo de apoyo que le sigue.
No es tarea fácil, ni para el corredor ni para el equipo de apoyo. El corredor pone las piernas, el equipo lleva el peso. Si piensas que en Badwater el corredor es el único que trabaja, estás equivocado.
Cuando el corredor sufre, el equipo sufre; cuando el corredor fracasa, el equipo fracasa. Badwater no es una carrera en solitario: es una carrera en equipo, un equipo del cual depende tu vida. Como parte del equipo de apoyo no solo tienes que cuidar de tí mismo, debes también asegurarte de que al corredor no le falte de nada. Como dije antes, mi padre está loco, pero ¿quién está más loco aquí? ¿El loco que corre Badwater o los que siguen al loco? Yo creo que lo último. Acepté el reto de Badwater pensando que sería algo fácil y una nueva y divertida experiencia, sin tener idea de que me metía en la boca del lobo. Cuando a uno le mencionan ‘50º C’ piensa: “Buff… hace calor allí entonces, ¿no?”. ¿Calor? ¡calor es poco! Lo que uno se encuentra en Death Valley es un HORNO. Uno no puede describir con palabras lo que se siente al estar 13º C por encima de la temperatura corporal; es algo indescriptible, inimaginable, INHUMANO.
La distancia no fue un reto.
La falta de sueño no fue un reto.
Beber 2 litros de agua cada hora no fue un reto.
El único y verdadero reto de Badwater es el CALOR.
Aquellos que encienden el aire acondicionado a la primera de cambios que den media vuelta y se busquen otro sitio, porque Badwater no es lugar para niñitas colegialas asustadas de sudar un poco. Es por esto que el equipo es IMPRESCINDIBLE. Y sí – fue duro. Sí – lo pase mal. Sí – el calor fue insoportable. Pero sí – fue una experiencia increíble. Como dije antes, cuando el corredor sufre, el equipo sufre; Cuando el corredor fracasa, el equipo fracasa. Pero cuando el corredor está animado, el equipo está animado; y cuando el corredor triunfa, el equipo triunfa con él. Cuando nos dimos cuenta de que podíamos completar la carrera en menos de 48 horas nos entro a todos un ‘subidon’ de adrenalina por el cuerpo, no solo por el hecho de pensar que podríamos regocijarnos en la comodidad de una cama antes de lo previsto, si no por la idea de que podríamos completar uno de los ultra-maratones más extremos y difíciles del mundo en menos de 48 horas.

6 comentarios:

Rafa González dijo...

Joder!!! leído en primera persona aún impresiona más. Vaya pasada!!

David Mora dijo...

Preciosa cronica que no habia tenido oportunidad de leer antes.
No solo es una carrera es una prueba de supervivencia extrema, que nuestro amigo Mark consiguio acabar junto a su querido equipo.
Es para inclinar rodilla en tierra ante este monstruo de los ultras.

Emilio dijo...

Me encantó este párrafo:
"Correr ultra maratones es como vivir la vida. En los momentos más bajos, cuando se pierde toda esperanza hay que seguir. El simple acto de poner un pie adelante del otro significa que te estás moviendo y con el paso del tiempo las circunstancias cambian. Si has seguido, si no te has rendido, si no has abandonado y hundido en tu propia miseria estás en situación de aprovechar las nuevas circunstancias y triunfar. Pero solo puedes triunfar si sigues allí. "

kurueza dijo...

Increible y maravillosa experiencia, en sus comentarios sientes sus sufrimientos pero también sus alegrías. Admirable ese espiritu de sacrificio, espíritu libre.

MANOLI CXM dijo...

Gracias por revivirla, no la había leído. Impresionante .Poderoso coco además de la preparación física que tienes. Me emociona leerte.

Emiliano Díaz dijo...

Increíble artículo que te hace sentir parte de ese recorrido sin conocerle. Mi más sincera enhorabuena por haber conseguido algo que pocos entienden y comparten. GRANDE